Cuando atiende el teléfono, está de guardia. Pide unos minutos para estabilizar a sus pacientes y luego se sienta a conversar. Esa escena cotidiana describe bien la vida de Mariano Ojeda: un cirujano pediátrico argentino que combina un alto cargo hospitalario con misiones humanitarias en África, donde ha operado gratuitamente a más de un centenar de niños.
Su historia, sin embargo, no empieza en Angola ni en Neuquén. Comienza mucho antes, en una familia donde la medicina no era solo una profesión, sino una forma de entender el mundo.
Una vocación que viene de casa
Hijo de Aníbal Ojeda y María Esther Buteler, ambos médicos formados en Córdoba, Mariano creció prácticamente dentro de hospitales. Su padre, reconocido por su trabajo con niños que padecían malformaciones congénitas, dedicó buena parte de su vida a operar gratuitamente a quienes no podían pagar una cirugía. Solo en los primeros años de ejercicio, llegó a intervenir a miles de pequeños en el interior argentino.
Mariano suele resumirlo de manera sencilla: su historia es, en gran medida, la historia de su padre. Acompañarlo en recorridas por pueblos y hospitales lo marcó desde niño. Antes de aprender a andar en bicicleta, ya sabía cómo funcionaba un quirófano. Incluso fue operado por su propio padre cuando tenía seis años.
No sorprendió a nadie que eligiera estudiar Medicina en la Universidad Nacional de Córdoba y especializarse en cirugía infantil. A los 25 años ya era médico y comenzaba la residencia en el Hospital Infantil cordobés, siguiendo la misma ruta que había transitado en casa.
Formación, regreso y búsqueda de mejores condiciones
Tras graduarse, trabajó en La Rioja junto a su padre y participó de iniciativas solidarias vinculadas a una fundación dedicada a niños con malformaciones congénitas. Allí introdujo técnicas como la laparoscopia, poco habituales en ese entorno en ese momento.
Sin embargo, la falta de recursos lo llevó a buscar nuevos horizontes. Un intercambio profesional en Francia le permitió perfeccionarse en cirugía pediátrica en un hospital europeo, ampliando su experiencia y consolidando su perfil.
Pese a las oportunidades en el exterior, regresó a Argentina. Finalmente se instaló en Neuquén, donde ingresó al Hospital Provincial Doctor Castro Rendón. Allí no solo consolidó su carrera, sino que lideró la creación de un equipo multidisciplinario para tratar casos de labio leporino y otras malformaciones.
El salto a África
La oportunidad de viajar a Angola surgió en un congreso médico en 2018. El caso de un niño angoleño con labio leporino, cuya madre —directora de un hospital— buscaba ayuda desesperadamente, encendió la chispa.
Inicialmente se evaluó trasladar al pequeño a Argentina, pero las trabas administrativas lo impidieron. La solución fue más audaz: viajar hasta África.
En 2019, padre e hijo aterrizaron en Luanda, capital de Angola, y luego se trasladaron a Luena, una ciudad con limitados recursos médicos. Allí operaron al niño y, aprovechando la estadía, intervinieron a otros 19 pequeños con diferentes malformaciones.
La experiencia lo marcó profundamente. Más allá de la complejidad médica, lo impactó el contexto social: hospitales con infraestructura básica gracias a donaciones, pero con escasez de especialistas; familias que enfrentan carencias extremas; niños que no acceden a cirugías correctivas por falta de profesionales capacitados.
Más que operar: formar equipos
La pandemia obligó a postergar un segundo viaje, que finalmente se concretó en 2022. En esa ocasión no solo realizaron casi medio centenar de cirugías, sino que capacitaron a médicos locales para que pudieran continuar con los procedimientos de manera autónoma.
Ese enfoque dejó huella. Años después, supieron que los profesionales formados habían realizado miles de intervenciones pediátricas, multiplicando el impacto de aquellas misiones iniciales.
En un tercer viaje, ya sin su padre debido a problemas de salud, Mariano volvió a Angola para perfeccionar técnicas y alcanzar un récord personal de cirugías en una sola campaña. Esta vez, parte del traslado fue financiado por el propio gobierno angoleño, una señal del reconocimiento al trabajo realizado.
Un presente con raíces firmes
Cerca de cumplir 50 años, Ojeda combina su rol como jefe de equipo en Neuquén con la presidencia de la fundación creada por su padre. Aunque ha reducido el ritmo de los viajes, mantiene el vínculo con África y proyecta nuevas misiones, con la idea de introducir técnicas más avanzadas como la laparoscopia en hospitales angoleños.
Más allá de los números —más de 100 niños operados directamente por él en África— lo que resalta es el sentido de propósito. Para Mariano, cada intervención no es solo un acto quirúrgico, sino una forma de continuar un legado familiar y confirmar que la medicina, cuando se ejerce con vocación social, puede cambiar destinos.
Su historia demuestra que, aun desde un puesto consolidado en un hospital argentino, es posible mirar más allá de las fronteras y convertir la especialización profesional en una herramienta concreta de transformación.


