Una enfermedad que muchos asocian con épocas antiguas y condiciones precarias está reapareciendo con fuerza en pleno siglo XXI. La sarna, una infección cutánea altamente contagiosa, registra un aumento sostenido de casos en el Reino Unido y en varios países europeos, según datos recientes de organismos de salud y publicaciones médicas especializadas.
Las cifras reflejan que el repunte no es aislado. En el Reino Unido, los registros médicos muestran que la incidencia de sarna se mantiene por encima de los promedios históricos de los últimos cinco años, con incrementos consecutivos desde 2021 y un crecimiento más marcado a partir de 2023. En Europa continental, el fenómeno es aún más llamativo: en menos de una década, los casos pasaron de cifras marginales a más de mil diagnósticos por cada 100.000 habitantes en algunas regiones.
Especialistas advierten que este aumento no se debe a una mutación del parásito, sino a una combinación de factores sociales, sanitarios y culturales que han facilitado su propagación.
¿Qué es la sarna y cómo se contagia?
La sarna es causada por un ácaro microscópico que se introduce en la capa superficial de la piel, donde deposita huevos y genera una reacción inflamatoria intensa. El síntoma más característico es un picor persistente y severo, que suele empeorar durante la noche o con el calor.
Las lesiones cutáneas pueden manifestarse como pequeños granos, enrojecimiento o erupciones elevadas, y aparecen con mayor frecuencia en zonas como los pliegues de los dedos, muñecas, axilas, ingle, abdomen y debajo de los senos. Aunque puede extenderse por casi todo el cuerpo, suele respetar el rostro en adultos.
La transmisión ocurre principalmente por contacto directo y prolongado piel con piel. En situaciones menos frecuentes, el contagio puede darse a través de ropa, toallas o ropa de cama contaminadas. Las autoridades sanitarias aclaran que las mascotas no transmiten la sarna humana, por lo que no representan un riesgo en este caso.
Las razones detrás del aumento de casos
Dermatólogos y epidemiólogos coinciden en que la sarna nunca desapareció del todo, pero durante años estuvo subdiagnosticada. Muchas personas optan por automedicarse, no consultan a un médico o no reconocen los síntomas, en parte por vergüenza o desconocimiento.
El regreso masivo a espacios compartidos tras la pandemia de COVID-19, como residencias estudiantiles, centros educativos, albergues y viviendas con alta densidad de ocupación, habría facilitado nuevos brotes. A esto se suman fallos en el tratamiento, ya sea por uso incorrecto de los medicamentos o por no tratar de manera simultánea a las personas que conviven o mantienen contacto cercano con el paciente.
Otro factor clave ha sido la escasez temporal de algunos tratamientos tópicos en años recientes, lo que provocó interrupciones o aplicaciones incompletas, favoreciendo reinfestaciones.
Cómo diferenciar la sarna de otras afecciones
Uno de los principales desafíos es el diagnóstico. La sarna puede confundirse con eccema, psoriasis, urticaria o incluso infecciones de transmisión sexual, debido a la localización de las lesiones y al tipo de picazón.
Un signo distintivo es la presencia de pequeños surcos o túneles en la piel, producto del recorrido del ácaro. A esto se suman marcas de rascado, inflamación persistente y lesiones que no mejoran con tratamientos comunes para alergias o dermatitis.
Cuando no se trata adecuadamente, la sarna puede prolongarse durante meses e infectar a múltiples personas del entorno cercano, aun cuando estas no presenten síntomas de inmediato.
Tratamiento y prevención
El manejo estándar de la sarna incluye cremas o lociones antiparasitarias de uso tópico, aplicadas siguiendo indicaciones estrictas. En casos más severos, como la llamada sarna costrosa, se recurre a medicamentos orales específicos bajo supervisión médica.
Aunque los ácaros se eliminen, el picor puede persistir varias semanas debido a la reacción alérgica que genera la infestación. En estos casos, los médicos suelen indicar tratamientos complementarios para aliviar la inflamación.
Las medidas de control son fundamentales: lavar ropa y sábanas a altas temperaturas, aislar objetos personales por varios días y tratar de forma simultánea a todas las personas que hayan tenido contacto estrecho, incluso si no presentan síntomas.
Los especialistas insisten en que la sarna es una enfermedad tratable y común, y que el estigma solo contribuye a su expansión. La detección temprana y el cumplimiento adecuado del tratamiento siguen siendo las herramientas más eficaces para frenar su avance.


