Durante años se ha señalado a las pantallas como las principales responsables del aumento acelerado de la miopía en el mundo. Celulares, tabletas y computadoras han sido los sospechosos habituales, especialmente cuando se habla de niños y jóvenes. Sin embargo, una nueva investigación plantea que el problema podría estar menos en los dispositivos y más en la forma en que usamos nuestros ojos en ambientes cerrados.
El estudio, liderado por el investigador español José Manuel Alonso, de la Universidad Estatal de Nueva York, y publicado en la revista Cell Reports, propone una hipótesis distinta: el desarrollo de la miopía estaría relacionado con la cantidad de luz que llega a la retina cuando enfocamos objetos cercanos durante largos periodos, sobre todo en interiores con iluminación tenue.
Más que genética y pantallas
La miopía se ha convertido en un fenómeno global. En Europa y Estados Unidos, cerca de la mitad de los adultos jóvenes la padecen. Aunque la genética influye, el crecimiento acelerado de casos en apenas unas generaciones sugiere que hay factores ambientales determinantes.
Hasta ahora, el discurso dominante ha apuntado al uso excesivo de pantallas. Pero el nuevo enfoque científico señala que el elemento común podría ser el trabajo visual de cerca —leer, estudiar, usar el celular— realizado en condiciones de poca luz.
Según el planteamiento del equipo investigador, cuando una persona enfoca un objeto cercano, la pupila se contrae para ajustar la nitidez. Si ese esfuerzo ocurre en un entorno poco iluminado, la cantidad de luz que alcanza la retina disminuye de forma considerable. Esa reducción, sostienen, podría alterar la actividad retiniana y favorecer cambios estructurales en el ojo que derivan en miopía.
El papel de la luz natural
La hipótesis también ayuda a entender por qué pasar más tiempo al aire libre parece tener un efecto protector. Bajo luz natural intensa, la pupila se contrae principalmente como respuesta al brillo, pero aun así permite que llegue suficiente iluminación a la retina. Esa combinación, de acuerdo con el estudio, mantendría una actividad retiniana más saludable.
En cambio, en interiores mal iluminados, la pupila puede cerrarse tanto por el enfoque cercano como por la falta de luz adecuada, reduciendo aún más la estimulación luminosa. Esa sería la diferencia clave.
¿Cambio de paradigma?
Los autores aclaran que no se trata de una conclusión definitiva, sino de una hipótesis comprobable basada en mediciones fisiológicas. No obstante, consideran que podría representar un giro importante en la manera en que se entiende la progresión y el control de la miopía.
De confirmarse, esta explicación integraría distintos factores que ya se sabía que influyen: el tiempo en exteriores, la iluminación, el uso prolongado de visión cercana e incluso tratamientos como las gotas de atropina o las lentes especiales.
Implicaciones prácticas
Más allá del debate científico, el planteamiento deja una reflexión sencilla: no solo importa cuánto tiempo se pasa frente a una pantalla, sino en qué condiciones de luz y durante cuánto tiempo continuo se mantiene el enfoque de cerca.
Promover espacios bien iluminados para el estudio y el trabajo, así como fomentar actividades al aire libre, podría convertirse en una recomendación aún más sólida en los próximos años.
Mientras la investigación avanza, el mensaje parece claro: la salud visual no depende únicamente de apagar el celular, sino también de prestar atención al entorno en el que usamos nuestros ojos todos los días.


