sábado, 4 julio 2026
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¿Copa nocturna o mal descanso? Lo que una neuróloga advierte sobre el vino antes de dormir

Para muchas personas, cerrar el día con una copa de vino se ha vuelto casi un ritual de relajación. Especialmente en épocas de vacaciones o menor carga laboral, el alcohol aparece como un aliado para “desconectar” antes de ir a la cama. Sin embargo, desde la medicina del sueño, la advertencia es clara: esa sensación inicial de descanso puede ser engañosa.

La neuróloga Stella Maris Valiensi explicó que el alcohol tiene un doble efecto sobre el organismo. Por un lado, facilita conciliar el sueño; por otro, altera su calidad. Es decir, ayuda a dormirse más rápido, pero interfiere con las fases profundas del descanso, provocando microdespertares que muchas veces pasan inadvertidos para quien duerme.

Según la especialista, el consumo de vino u otras bebidas alcohólicas relaja en exceso la musculatura de la vía aérea. Esto incrementa la probabilidad de apnea del sueño y genera fragmentación nocturna. El resultado suele ser un descanso poco reparador, incluso si la persona cree haber dormido toda la noche.

Uno de los errores más comunes es normalizar este hábito y repetirlo a diario. Desde la neurología, la recomendación es clara: no incorporar el alcohol nocturno como costumbre. El impacto negativo no siempre se percibe de inmediato, pero a mediano plazo se traduce en cansancio diurno, menor concentración y sensación de sueño no cumplido.

Otro punto que Valiensi puso sobre la mesa es una creencia muy extendida: pensar que durante las vacaciones se puede “pagar” la deuda de sueño acumulada durante el año. Dormir poco de forma crónica no se compensa en pocos días. Si una persona descansa seis horas diarias durante meses, no recuperará ese déficit simplemente durmiendo más una semana. En casos leves puede haber cierta mejoría, pero el daño sostenido no se revierte tan fácilmente.

Ante este panorama, la neuróloga plantea tres reglas básicas —que define como inquebrantables— para cuidar el descanso y la salud, más allá de la edad o la época del año.

La primera es la regularidad horaria. Acostarse y levantarse todos los días a horas similares ayuda a estabilizar el reloj biológico, especialmente en personas con insomnio o despertares frecuentes.

La segunda es la exposición diaria a la luz natural. Ver luz solar a una hora consistente es clave para que el cerebro regule correctamente los ciclos de sueño y vigilia.

La tercera es la actividad física, pero en el momento adecuado. Hacer ejercicio durante el día favorece el descanso nocturno, mientras que entrenar de noche puede retrasar el inicio del sueño y dificultar conciliarlo.

Valiensi también recordó que el paso del tiempo modifica el ritmo circadiano. Con la edad, es común dormirse y despertarse más temprano, o incluso sentir somnolencia después del almuerzo. Esto no necesariamente es un trastorno, sino un cambio fisiológico normal. No obstante, la presencia de dolor, enfermedades crónicas o un entorno inadecuado puede fragmentar aún más el descanso.

Por eso, el ambiente donde se duerme también importa. Un dormitorio oscuro, silencioso y libre de pantallas favorece un sueño más continuo y profundo.

En síntesis, la copa de vino puede parecer inofensiva, pero no es neutral para el cerebro. Dormirse rápido no siempre equivale a dormir bien. Y cuando se trata de salud, los pequeños hábitos nocturnos pueden marcar una gran diferencia a largo plazo.

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