En parques, plazas y zonas concurridas de Buenos Aires comenzaron a aparecer escenas poco habituales: personas con máscaras de animales, collares o accesorios que imitan rasgos de perros, gatos o zorros, interactuando entre sí y adoptando ciertos comportamientos asociados a esos animales. No se trata de una performance organizada ni de un evento de cosplay. Se identifican como therians.
El fenómeno fue tema de conversación en el programa Infobae a la Tarde, donde periodistas analizaron el surgimiento de este grupo y las distintas reacciones que provoca en el espacio público. Más allá de la sorpresa inicial, la discusión puso sobre la mesa preguntas más profundas sobre identidad, expresión personal y convivencia urbana.
Más que un disfraz
Quienes se identifican como therians no se describen a sí mismos como personas que simplemente “se disfrazan”. Según relatan en entrevistas y redes sociales, sienten que una parte de su identidad está vinculada con un animal específico. No afirman ser biológicamente animales, pero sí reconocen una conexión simbólica o emocional que expresan a través de conductas y accesorios.
Este matiz marca una diferencia importante con el movimiento furry, donde predomina el cosplay, la estética y el fandom alrededor de personajes antropomorfos. En el caso therian, la vivencia se presenta como algo más íntimo y relacionado con la autoidentificación.
El término comenzó a circular en comunidades digitales en los años 90, derivado de corrientes como los otherkin, personas que se identificaban con seres mitológicos o fantásticos. Con el tiempo, el concepto evolucionó hacia quienes dicen reconocerse parcialmente en animales reales.
Entre la curiosidad y el desconcierto
La presencia de therians en espacios como el Barrio Chino, en Belgrano, generó miradas, comentarios y también grabaciones virales. Algunas personas reaccionan con curiosidad; otras, con incomodidad.
Parte del desconcierto tiene que ver con la ruptura de códigos habituales en la vida urbana. Ver a alguien desplazarse en cuatro patas o simular conductas animales en una plaza altera la rutina visual de la ciudad. Psicólogos suelen explicar que lo inesperado, especialmente cuando incluye máscaras o caracterizaciones, puede provocar una sensación ambigua entre lo lúdico y lo inquietante.
Sin embargo, testimonios recogidos en entrevistas indican que la mayoría de quienes participan en estas prácticas lo hacen en grupos y en contextos recreativos. Afirman que mantienen sus responsabilidades laborales y familiares con normalidad y que estas expresiones forman parte de su tiempo libre.
Identidad fragmentaria en tiempos digitales
El fenómeno también puede leerse como parte de una tendencia más amplia: la búsqueda de identidades múltiples en la era digital. Redes sociales y comunidades virtuales permiten que personas con intereses o experiencias poco comunes se encuentren, se organicen y se visibilicen.
Para algunos especialistas en cultura contemporánea, estos movimientos reflejan un deseo de explorar aspectos simbólicos del yo en un mundo cada vez más normado por estructuras laborales, académicas y sociales rígidas. Adoptar rasgos animales puede representar, para ciertos individuos, libertad, pertenencia o escape del estrés cotidiano.
Convivencia y límites
Más allá de la interpretación cultural, el debate también toca un punto práctico: la convivencia en espacios públicos. ¿Hasta dónde llega la expresión individual y dónde comienzan las reglas compartidas?
Algunos ciudadanos han expresado preocupación ante la posibilidad de interacciones invasivas con mascotas o con terceros. No obstante, quienes forman parte del movimiento aseguran que su comportamiento es pacífico y respetuoso.
Este tipo de discusiones no son nuevas. A lo largo de las décadas, distintas subculturas urbanas —desde punks hasta cosplayers o practicantes de deportes extremos— enfrentaron reacciones similares cuando comenzaron a ocupar espacios visibles en la ciudad.
¿Moda pasajera o cambio cultural?
Es difícil anticipar si el fenómeno therian se consolidará o quedará como una expresión puntual de esta época. Lo cierto es que su aparición expone cómo las nociones tradicionales de identidad continúan transformándose.
En una ciudad dinámica y diversa como Buenos Aires, la convivencia de expresiones culturales distintas es parte de la vida cotidiana. El desafío, como en tantos otros casos, será equilibrar libertad individual y respeto colectivo.
Entre curiosidad, ironía y debate, el fenómeno therian abre una ventana a una pregunta más amplia: ¿cómo entendemos hoy la identidad y hasta dónde estamos dispuestos a aceptar sus nuevas formas de manifestarse?


