sábado, 4 julio 2026
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¿Se muerde las uñas sin darse cuenta? Lo que este hábito revela sobre su estado emocional

Morderse las uñas es una escena cotidiana en escuelas, hogares y hasta oficinas. Para muchas personas empieza como un gesto casi automático en la infancia y, aunque con el paso de los años suele disminuir, en otros casos se mantiene hasta la adultez. Lo que pocos saben es que esta práctica, conocida como onicofagia, puede decir mucho más de lo que parece a simple vista.

Un hábito frecuente desde edades tempranas

Diversos estudios indican que entre una quinta parte y casi la mitad de los niños y adolescentes se muerden las uñas en algún momento. En la mayoría de los casos, se trata de un comportamiento pasajero que no deja mayores secuelas. Sin embargo, una proporción nada despreciable de adultos continúa con el hábito, llegando incluso a lastimarse la piel alrededor de las uñas.

La diferencia entre una costumbre inofensiva y un problema clínico no está en el acto en sí, sino en su intensidad. Cuando la conducta es constante, difícil de controlar y genera consecuencias físicas o emocionales, los especialistas consideran que merece atención profesional.

Cuándo deja de ser algo normal

Desde la psicología clínica se advierte que la frecuencia, la duración y los efectos del hábito son claves para evaluar su gravedad. No es lo mismo morderse una uña de forma ocasional que hacerlo de manera compulsiva, con heridas visibles, dolor o infecciones recurrentes.

En esos casos, la onicofagia puede convertirse en una señal de que la persona está lidiando con algo más profundo que no logra manejar adecuadamente.

La relación entre uñas y ansiedad

Aunque no existe una única causa que explique por qué alguien se muerde las uñas, la mayoría de los enfoques coinciden en un punto: el componente emocional. La onicofagia suele vincularse con estados de ansiedad, tensión o incomodidad emocional.

Desde el modelo conductual, se plantea que este tipo de hábitos se aprenden temprano y se mantienen porque generan un alivio momentáneo. Al morderse las uñas, la persona reduce la ansiedad por unos instantes y obtiene una sensación física que resulta calmante. Por eso, el comportamiento tiende a repetirse, sobre todo en situaciones de estrés, aburrimiento o inseguridad.

Algunos especialistas señalan que también puede funcionar como una forma de autocontrol o como una respuesta ante contextos que la persona percibe como difíciles de manejar.

No todos los casos son iguales

A pesar de esta relación con la ansiedad, los profesionales insisten en no caer en generalizaciones. No toda persona que se muerde las uñas tiene un trastorno emocional ni necesita tratamiento psicológico. Cada caso debe analizarse de manera individual, tomando en cuenta la edad, el contexto y la intensidad del hábito.

En Costa Rica, por ejemplo, es común que padres y madres se preocupen cuando ven este comportamiento en sus hijos, pero muchas veces basta con observar si el hábito disminuye con el tiempo o si aparece asociado a cambios emocionales importantes.

Las consecuencias físicas que no se ven

Más allá del aspecto emocional, la onicofagia puede tener efectos concretos sobre la salud. Las lesiones en la piel facilitan la entrada de bacterias y hongos, lo que puede provocar infecciones dolorosas. En situaciones más severas, estas complicaciones incluso requieren intervención médica.

También se han documentado problemas dentales y alteraciones digestivas, especialmente cuando el hábito es persistente y prolongado.

Escuchar lo que el cuerpo está diciendo

Morderse las uñas no siempre es motivo de alarma, pero tampoco debería minimizarse cuando se vuelve constante. En muchos casos, es una forma silenciosa en la que el cuerpo expresa tensión, ansiedad o dificultad para manejar emociones.

Prestar atención a este tipo de señales, sin alarmismo pero con conciencia, puede ser el primer paso para entender qué está pasando y, si es necesario, buscar apoyo profesional a tiempo.

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