Durante la última década, la leche de almendras se ha ganado un lugar fijo en las alacenas de miles de hogares, incluida Costa Rica. Se le asocia con una alimentación más saludable y con un menor impacto ambiental frente a la leche de origen animal. Sin embargo, la ciencia ha empezado a matizar esa percepción y a poner sobre la mesa una discusión más compleja: ¿qué tan sostenible es realmente esta bebida vegetal?
Investigaciones recientes apuntan a dos puntos críticos que concentran la mayor parte de las preocupaciones ambientales: el uso intensivo del agua y la fuerte dependencia de la polinización por abejas, especialmente en California, donde se produce cerca del 80% de las almendras que se consumen en el mundo.
Un cultivo sediento en una región con estrés hídrico
El principal cuestionamiento ambiental a la leche de almendras tiene que ver con el agua. Estudios académicos coinciden en que el cultivo de almendros requiere volúmenes muy elevados de riego. En promedio, producir un kilo de almendras en California demanda más de 10.000 litros de agua, lo que equivale a unos 12 litros por cada almendra individual.
Este dato cobra especial relevancia si se considera que gran parte de la producción se concentra en el Valle Central de California, una zona históricamente afectada por sequías y sobreexplotación de acuíferos. Investigaciones de universidades estadounidenses han advertido que la extracción excesiva de agua subterránea ha provocado hundimientos del terreno, afectando infraestructura rural y poniendo en entredicho la sostenibilidad agrícola a largo plazo.
Aunque la industria defiende que los almendros consumen cantidades de agua similares a otros frutales, expertos subrayan que la magnitud del monocultivo y su localización geográfica amplifican el impacto sobre los recursos hídricos.
¿Leche vegetal o leche animal?
Cuando se compara la huella hídrica total, algunos análisis de ciclo de vida muestran que la leche de origen animal puede requerir menos agua que ciertas bebidas vegetales, incluida la de almendras. Esto no significa que la leche de vaca sea ambientalmente más favorable en todos los aspectos, sino que cada producto tiene impactos distintos a lo largo de su cadena productiva.
En emisiones de gases de efecto invernadero, por ejemplo, la leche de almendras sale mejor parada que la leche de vaca, pero supera a otras alternativas vegetales como la avena o la soja. Es decir, no existe una opción completamente libre de impacto, sino diferencias en el tipo y la magnitud de los costos ambientales.
El papel clave —y vulnerable— de las abejas
Otro aspecto menos conocido, pero igual de relevante, es la relación entre los almendros y las abejas. La producción de almendras depende en gran medida de la polinización, al punto de convertirse en el mayor evento de polinización comercial del planeta.
Cada año, millones de colmenas son trasladadas desde distintos puntos de Estados Unidos hasta los campos de almendros en California. Para los apicultores, esta temporada representa la principal fuente de ingresos, con tarifas que superan los 200 dólares por colonia. Para las abejas, en cambio, el proceso implica largas travesías, cambios bruscos de entorno y exposición a agroquímicos.
Investigadores en biodiversidad advierten que este traslado masivo genera estrés en las colonias, aumenta la propagación de enfermedades y puede provocar una elevada mortalidad. Aunque no existen pruebas concluyentes de un daño irreversible a la biodiversidad en general, sí hay consenso en que el modelo actual somete a los polinizadores a una presión constante.
Avances tecnológicos y límites del sistema
Ante estas críticas, el sector almendrero ha impulsado mejoras en eficiencia. Desde los años noventa, el uso de microrriego ha permitido reducir significativamente el agua necesaria por fruto, y más del 80% de las plantaciones ya utilizan este sistema. Además, universidades y productores trabajan en el desarrollo de variedades de almendro más autónomas, capaces de producir sin depender totalmente de las abejas.
Ensayos científicos muestran que algunas variedades autocompatibles pueden alcanzar hasta el 80% de su producción sin polinizadores, aunque la presencia de abejas sigue aumentando el rendimiento. La tendencia apunta a reducir la dependencia, pero no a eliminarla por completo en el corto plazo.
Una discusión más amplia sobre sostenibilidad
Especialistas en ambiente coinciden en que el debate no debe centrarse únicamente en si la leche de almendras es “buena” o “mala”, sino en cómo, dónde y a qué escala se produce. La sostenibilidad, señalan, depende de prácticas agrícolas responsables, manejo adecuado del agua, protección de los polinizadores y mayor transparencia en la información que llega al consumidor.
Desde una mirada más amplia, la ciencia recuerda que ningún alimento está exento de impactos ambientales. Otras bebidas vegetales pueden tener menor huella hídrica, pero enfrentar problemas como deforestación o pérdida de biodiversidad cuando se producen bajo esquemas intensivos.
En ese contexto, la leche de almendras representa un ejemplo claro de los desafíos que enfrenta la transición hacia sistemas alimentarios más sostenibles: reducir emisiones no siempre va de la mano con un menor uso de recursos naturales. Para el consumidor, la clave está en informarse y entender que detrás de cada producto hay una cadena compleja, con beneficios, costos y decisiones que todavía están en disputa.


