viernes, 26 junio 2026
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Ruido constante, atención nula: así me dio la espalda el Ministerio de Salud de Costa Rica

 

 

Desde el año 2014 vivo acosada por un ruido persistente de baja frecuencia perceptible las 24 horas del día los 7 días de la semana en mi hogar ubicado en la urbanización Berta Eugenia en San Francisco de Heredia. La fuente es una de las casas vecinas. Con el paso del tiempo se ha vuelto más notorio y molesto. 

Recientemente presenté una denuncia formal ante la dirección del Área Rectora de Salud de Heredia, con mis propias mediciones realizadas por la app Decibel X en distintos horarios: mañana, tarde, noche, madrugada, videos, además de una carta describiendo el caso y explicando posibles causas, convencida de que por fin recibiría apoyo técnico y comprensión institucional. Lo que obtuve fue todo lo contrario: indiferencia, minimización, y una acusación velada de que el problema “era mío”.

El pasado 10 de julio en horas de la tarde un inspector del Ministerio de Salud visitó mi hogar. Desde que llegó ya venía con una narrativa formada. Antes incluso de iniciar la medición, me dejó claro que “hay ruidos que son solo percepción del ser humano, no ruidos reales” y es correcto, esos ruidos se llaman tinnitus, pero ese no es mi caso. 

Es decir, sin haber escuchado, sin haber medido, sin haber recorrido la casa, ya me estaba advirtiendo que tal vez todo era una idea mía. ¿Cómo puede alguien que llega a una casa a investigar un problema ambiental comenzar desacreditando la experiencia de quien denuncia? Desde ese momento entendí que no venía a buscar una solución, sino a confirmar una sospecha: que el problema era yo.

Luego me comentó que era un experto en ruidos, asegurando que él “detecta todo”. Mientras recorrimos la casa el inspector insistía que mi percepción podía deberse a un “tinnitus subjetivo”. Le expliqué con respeto que al salir de mi casa el ruido desaparecía, lo que claramente refutaba la teoría de que era un ruido interno. Pero fue inútil. Incluso antes de hacer la medición me sugirió que me hiciera una audiometría, desviando por completo la atención del problema real.

Llegó el momento de la medición

La medición que realizó con el sonómetro fue breve —15 minutos— en un solo lugar, pese a que le comenté que se escuchaba en varios puntos de la casa. 

Al final, el inspector declaró que SÍ había ruido, pero como no superaba los decibeles máximos permitidos, el Ministerio de Salud no podía hacer nada.  Peor aún, la sugerencia velada fue: “¿Alguien de su familia tiene problemas de audición? Mejor hágase una audiometría” . Una tremenda falta de empatía trasladar la “culpa” al afectado, sugiriendo un problema personal de salud en lugar de investigar a fondo la posible fuente del malestar ambiental.

Este tipo de respuesta no solo es irrespetuosa y poco profesional, sino que evidencia una grave desconexión con la realidad de las afectaciones por ruido. No todo el ruido es igual, y no toda molestia se mide en los decibelios “audibles” que un sonómetro convencional, aunque puede registrar.

El funcionario no consideró, a pesar de que se lo mencioné en persona y también lo había explicado en la carta que adjunté a la denuncia, ni la parte hidráulica ni la eléctrica, no buscó vibraciones estructurales, no consideró que el sonómetro tiene límites y que los ruidos de baja frecuencia necesitan instrumentos distintos, como acelerómetros o análisis espectrales.

La ciencia y la experiencia nos enseñan sobre el infrasonido y el ruido de baja frecuencia: estos son sonidos por debajo del umbral de la audición humana (menos de 20 Hz), que no se perciben como un sonido típico, sino como una presión, una vibración, una molestia interna, o una sensación de malestar general. Sus efectos en la salud humana —como fatiga, estrés, insomnio y ansiedad— son bien documentados, aunque a menudo ignorados por los instrumentos estándar.

No hubo vocación de servicio. No hubo esfuerzo por investigar otras causas posibles, por intentar una explicación técnica o de orientar hacia una posible fuente alternativa del ruido . No hubo interés en reconocer que no todos los ruidos son iguales: existen ruidos de baja frecuencia, vibracionales, incluso imperceptibles al oído humano pero perfectamente capaces de alterar la salud física y emocional de una persona. 

Y ahora soy yo —la afectada— quien tendrá que buscar un ingeniero acústico, tendré que incurrir en gastos personales para demostrar técnicamente lo que el Estado se negó siquiera a considerar.

De acuerdo con expertos en acústica, existen muchas causas estructurales que pueden generar ese tipo de ruidos de baja frecuencia. Por ejemplo:

Problemas hídricos, como el golpe de ariete (ondas de presión en las tuberías mal sujetas), aire atrapado en el sistema, bombas o tuberías defectuosas.

Problemas eléctricos, como cableado suelto, sobrecarga de circuitos, transformadores dañados o mala puesta a tierra.

También lo pueden provocar: deshumidificadores, aires acondicionados, bombas de presión de agua, calentadores de agua a gas, tuberías, bombas de recirculación, equipo de calefacción, ventilador, válvulas de agua, sistemas de agua presurizada o bombeo con respaldo, generadores eléctricos.

Y cuando una vivienda ha pasado por múltiples remodelaciones —como la casa aledaña—, la probabilidad de que estos factores se combinen y generen un “ruido oculto” aumenta. No se trata solo de “decibeles permitidos”: se trata de salud pública y derecho al descanso.

Pero el Ministerio no toma en cuenta esos factores, básicamente si no excede los decibeles no hay nada que hacer. 

¿Por qué no medir por una hora o por varios días en distintos horarios? ¿Por qué no buscar vibraciones estructurales, no consideraron que el sonómetro tiene límites y que los ruidos de baja frecuencia necesitan instrumentos distintos, como acelerómetros o análisis espectrales?

El ruido que sí existe (y desgasta)

Vivo en esta casa desde 1989. Durante décadas reinó el silencio. Todo cambió cuando llegaron nuevos vecinos en 2014. A lo largo de todos estos años he intentado conciliar y dialogar con ellos, explicándoles con respeto y paciencia lo que estoy sufriendo. Lamentablemente, su respuesta ha sido siempre la misma: que ellos no escuchan nada, y por tanto no consideran que haya un problema que resolver. Me han tachado de “molesta” “incómoda” y “mentirosa”.

No es un volumen de concierto, pero pruébelo usted, lector, casi 10 años seguidos sin descanso y entenderá el nivel de desgaste físico y mental: insomnio, ansiedad, depresión, hipersensibilidad auditiva, dolor de estómago.

Soy consciente de que aplicaciones como Decibel X no se pueden comparar con un sonómetro, pero sí arroja algunos datos que pueden dar una idea del ruido. El inspector insinuó que esas mediciones podrían haber sido alteradas, una vez más minimizando la situación. También me achacó haber escrito mal un dato en la denuncia, algo que no comprendo pues yo había adjuntado en la denuncia una carta con mi nombre y mi dirección exacta, cualquier duda del formulario se hubiera aclarado leyendo la carta.

El Ministerio de Salud debe actualizar sus protocolos y recordar que los decibeles son solo una parte del problema. El ruido no siempre es estridente; a veces es subterráneo, vibratorio, persistente y, aún así, ensordece la vida.

Esta columna no es solo un desahogo: es una denuncia de fondo. Porque si el sistema institucional actual permite que un funcionario desestime una situación sin agotar posibilidades técnicas ni mostrar empatía entonces algo muy grave está fallando. Y no es mi oído.

Karla Valencia Najarro

Cédula 112380205

[email protected]

*Este texto forma parte del espacio de opinión del medio. Las ideas aquí expresadas pertenecen exclusivamente a la autora y no reflejan necesariamente la postura editorial del medio.

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