Rodrigo Paz es el nombre del nuevo presidente de Bolivia. Un perfil que se coló por sorpresa en la segunda vuelta presidencial y que ha conseguido vencer de nuevo, con más del 54% de los votos según el conteo oficial preliminar al derechista Jorge ‘Tuto’ Quiroga. Su victoria es histórica porque pone fin a dos décadas de gobierno del Movimiento al Socialismo (MAS).
Hijo de un expresidente, Jaime Paz Zamora, Paz llegará al poder curtido por su experiencia en una de las más fuertes autonomías de Bolivia, la de Tarija, donde ha sido diputado, concejal, alcalde (entre 2015 y 2020) y actualmente es senador por el partido del expresidente Carlos Mesa, Comunidad Ciudadana.
Paz, de 58 años y nacido en España durante el exilio de sus padres, llega a la presidencia tras haber convencido al electorado con su propuesta de «capitalismo para todos», un esquema de incentivos fiscales y créditos para la producción y el comercio que busca sacar de la informalidad a la economía boliviana.
Con este plan, que logró conectar con el voto rural y periurbano, Paz espera aumentar la recaudación de manera significativa, y con ello evitar el trámite que su rival Jorge «Tuto» Quiroga sí tenía en su programa de gobierno: pedir recursos al Fondo Monetario Internacional.
Según Paz, esto no será necesario si se concreta el esquema que también ha denominado «platita para todos» y triunfa su otro caballo de batalla: la eliminación del «Estado tranca», que no es otra cosa que el centralismo derivado de casi dos décadas de gobiernos de izquierda.
El gobierno central maneja actualmente el 85% del presupuesto, y Paz propone la llamada Agenda 50/50: una redistribución de los fondos públicos a partes iguales entre el ejecutivo nacional y los gobiernos departamentales. Eso le ganó el favor de las orgullosas autonomías regionales de Bolivia.
Pero el golpe de gracia de su campaña en un país sacudido por la crisis económica es la promesa de conservar parte de los programas sociales del MAS, como bonos en efectivo y subsidios que al igual que Quiroga promete eliminar, solo que de forma más gradual, a medida que los sectores más desfavorecidos estén preparados para prescindir de ellos.
Un rompecabezas sin armar
Paz tendrá el desafío de gobernar un país marcado por la división. Y es que Bolivia no está partida en mitades como el electorado que acudió a las urnas este 19 de octubre, sino en fragmentos mucho más pequeños que incluyen a los seguidores del Movimiento al Socialismo, a los progresistas descontentos con la deriva de este partido, a los factores indígenas y a las autonomías regionales.
«Nosotros como aimaras no tenemos representativo, pero estamos para dar nuestro voto y elegir soberanamente”, dejó claro en declaraciones para la agencia EFE Víctor Yanarico, un votante de la etnia que aporta 1,5 millones a la población boliviana.
Yanarico no se siente representado por ninguno de los dos candidatos de este 19 de octubre, pero tampoco por la izquierda en el poder: «Estamos sufriendo por un gobierno que hemos elegido mal”.
Para Rodrigo Paz, cumplir la promesa de campaña de romper con el populismo pasa por honrar los compromisos con los sectores más desfavorecidos.
Muchos votantes de clases populares han rechazado el despilfarro y la corrupción de 19 años de gobiernos de izquierda, pero eso no significa que abracen las medidas de austeridad que impone la grave crisis fiscal.
Después de todo, el hecho de que el MAS quedara eliminado en la primera ronda de las elecciones generales estuvo marcado por las divisiones internas. Las facciones afines a Evo Morales y Luis Arce apoyaron a dos candidatos distintos, mientras el expresidente y líder cocalero promovía el voto blanco como modo de protesta por el bloqueo de su candidatura.
El descalabro económico como motor del cambio
Bolivia se enfrenta a su peor inflación de los últimos años. La tasa interanual arrojó un aumento de precios de 23% el mes pasado, un porcentaje solo superado por las desbocadas cifras de Venezuela y Argentina, y el más alto desde 1991.
Es solo un componente de la tormenta perfecta que golpea la economía boliviana, que también incluye una crítica escasez de dólares estadounidenses. Con menos dólares disponibles, las importaciones se han reducido, se ha potenciado la inflación y para el gobierno es más cuesta arriba mantener la política de subsidios para los bienes de primera necesidad.
Uno de esos bienes es el combustible. La importación de diésel necesario para las maquinarias agrícolas ha caído, y eso se refleja en el encarecimiento de los bienes producidos en el campo.
Adicionalmente, el agotamiento de las reservas y la falta de inversión han redundado en una crisis energética en un país conocido hasta no hace mucho como una potencia gasífera.
Con información de: AP, EFE y Reuters.


