Nepal atraviesa la peor crisis política y social de las últimas décadas. Lo que comenzó como una manifestación contra la prohibición de redes sociales terminó en un levantamiento masivo que forzó la renuncia del primer ministro K.P. Sharma Oli, dejó más de 25 muertos y provocó la quema del edificio del Parlamento en Katmandú.
La chispa que encendió la mecha fue la decisión del gobierno de bloquear 26 plataformas —entre ellas Facebook, WhatsApp, Instagram y X— después de que las empresas se negaran a cumplir con una nueva normativa que las obligaba a registrarse y operar bajo licencias emitidas por el Estado. La medida, que afectó a un país donde casi el 80% del tráfico de internet depende de redes sociales, cayó como pólvora sobre una generación que ya estaba harta.
La “Generación Z” en pie de lucha
La revuelta fue encabezada por jóvenes que se hacen llamar “Generación Z”. Para ellos, la censura digital fue apenas el detonante de un descontento acumulado: desempleo, desigualdad, corrupción y un sistema político dominado por clanes familiares que llevan décadas turnándose en el poder.
El malestar venía creciendo con campañas virales como “Nepo Kid”, difundida en TikTok y Reddit, que señalaba a los hijos de políticos y empresarios por ostentar lujos financiados con dinero mal habido. Esa indignación conectó con un país que observa cómo los líderes de sus tres principales partidos han estado ligados a escándalos de corrupción que incluyen fraudes con refugiados, contrabando de oro y apropiación de tierras.
De la protesta pacífica al caos
El lunes, miles de jóvenes se reunieron frente al Parlamento en New Baneshwor para exigir la restitución de las redes y el fin de la corrupción. La concentración comenzó en calma, pero la represión policial transformó la protesta en una batalla campal.
Manifestantes denunciaron disparos a la cabeza y al pecho, mientras que organizaciones como Amnistía Internacional condenaron la violencia como una violación al derecho internacional. Naciones Unidas pidió una investigación urgente y transparente.
La escalada derivó en la renuncia de cinco ministros que rechazaron la brutalidad policial. Finalmente, la presión política y la magnitud de la revuelta obligaron al primer ministro Oli a dimitir.
Una sociedad al límite
La crisis no se entiende únicamente por el veto digital. Nepal arrastra un fuerte estancamiento económico, con un ingreso per cápita cercano a los 1.300 dólares y con casi el 7,5% de su población trabajando en el extranjero. Esa fuga de talento, sumada a la falta de oportunidades, ha alimentado la frustración de una generación que no ve futuro en su propio país.
La revuelta dejó también escenas estremecedoras, como el asesinato de Rajyalaxmi Chitrakar, esposa del exprimer ministro Jhalanath Khanal, quien murió quemada viva en su casa durante los disturbios.
El desenlace abierto
La caída del primer ministro no significa el fin del conflicto. Por el contrario, abre un escenario de incertidumbre política y social. Con el Parlamento incendiado, un gobierno acéfalo y miles de jóvenes exigiendo cambios reales, Nepal enfrenta un punto de quiebre histórico: o reconstruye su democracia con mayor transparencia o corre el riesgo de hundirse aún más en la violencia y la ingobernabilidad.


