Una mujer que había sido dada por muerta “despierta” instantes antes de ser cremada en un templo de Tailandia
Lo que inició como un trámite funerario rutinario en un templo budista de Nonthaburi, una provincia cercana a Bangkok, terminó convirtiéndose en un episodio que hoy mantiene a Tailandia discutiendo sobre protocolos médicos, descuidos familiares y responsabilidades institucionales. Una mujer de escasos recursos, trasladada por su hermano con la convicción de que ya había fallecido, mostró señales de vida justo cuando el cuerpo iba a ser entregado para su cremación.
Según los relatos del propio personal del templo Wat Rat Prakhong Tham, el cuerpo venía en un ataúd blanco colocado en la parte trasera de una camioneta. La escena parecía la de cualquier otro servicio funerario gratuito de los que el templo realiza a diario, hasta que un sonido muy leve alteró la calma: un golpeteo interno proveniente del féretro.
Pairat Soodthoop, encargado administrativo del templo, contó que en ese momento se encontraba explicándole al hermano de la mujer los requisitos formales para proceder con la cremación, pues el cuerpo no contaba con certificado médico de defunción. Fue entonces cuando los golpes se hicieron perceptibles. Sorprendido y preocupado, pidió que se abriera el ataúd para descartar cualquier malentendido. La sorpresa fue mayor: la mujer movió los brazos y abrió ligeramente los ojos.
El caso fue difundido por la agencia Associated Press, que reconstruyó lo ocurrido con base en los testimonios del personal religioso. La historia también generó una conversación más amplia en el país asiático, pues expone una mezcla de factores que permitieron que la mujer fuera considerada muerta sin una confirmación médica adecuada.
De acuerdo con el hermano de la mujer, ella llevaba alrededor de dos años postrada por una condición de salud crónica y muy deteriorada. Explicó que dos días antes del incidente había dejado de respirar y no reaccionaba a ningún estímulo, por lo que él asumió su fallecimiento. Sin acceso inmediato a un médico, decidió colocarla en un ataúd y conducir casi 500 kilómetros desde Phitsanulok hasta Bangkok. Su intención era donar sus órganos, algo que su hermana había manifestado en vida, pero el hospital al que acudió rechazó el procedimiento por no existir el certificado de defunción.
Sin esta documentación tampoco podía gestionar la cremación en el templo. Mientras el personal intentaba orientarlo, el incidente inesperado interrumpió la conversación. Tras confirmar que la mujer aún mostraba signos vitales, el templo coordinó su traslado a un hospital cercano y el abad anunció que asumiría los gastos médicos iniciales como gesto humanitario.
Este tipo de episodios, aunque poco comunes, despiertan discusiones profundas en países donde muchas familias siguen dependiendo de diagnósticos informales ante la falta de acceso continuo a servicios médicos. También pone sobre la mesa la necesidad de verificar, con criterios claros, los signos vitales antes de tomar cualquier decisión irreversible como una cremación.
Para Tailandia, el caso se ha convertido en un recordatorio incómodo de las brechas que todavía existen entre las prácticas tradicionales, la burocracia y la atención hospitalaria. Para la mujer, cuyo estado de salud aún es delicado, significó una segunda oportunidad que estuvo a minutos de perderse sin que nadie se diera cuenta.


