Durante los años más tensos de la Guerra Fría, Estados Unidos buscó lugares remotos donde pudiera operar lejos de los ojos de la Unión Soviética. Uno de esos puntos estratégicos fue Groenlandia, una inmensa isla ártica que hoy vuelve a ocupar titulares internacionales por su valor geopolítico. Allí, bajo kilómetros de hielo, Washington intentó levantar uno de sus proyectos militares más ambiciosos… y también más fallidos.
A finales de la década de 1950, el Ejército estadounidense puso en marcha un plan ultrasecreto para instalar una base subterránea con capacidad nuclear en el noroeste de Groenlandia. La iniciativa, conocida internamente como Project Iceworm, pretendía crear una red de túneles donde podrían almacenarse y movilizarse cientos de misiles nucleares listos para responder a un eventual ataque soviético.
Una “ciudad bajo el hielo”
El corazón del proyecto fue Camp Century, una instalación excavada bajo el hielo en 1959 y que comenzó a operar formalmente en 1960. La base se encontraba a menos de 4.000 kilómetros de Moscú, una distancia estratégica para misiles de alcance medio.
Dentro del hielo se construyeron aproximadamente tres kilómetros de túneles, a varios metros de profundidad, donde vivían hasta 200 personas. Contaba con hospital, laboratorios, talleres, gimnasio, zonas de recreación e incluso un cine. Para sostener toda la operación, se instaló un reactor nuclear portátil, encargado de generar electricidad y calefacción en condiciones extremas.
A quienes trabajaban allí se les dijo que se trataba de una estación de investigación científica en el Ártico. El verdadero objetivo, sin embargo, era probar si una base nuclear podía operar de forma segura en un entorno helado y aislado.
El hielo no era tan estable como se pensaba
El proyecto comenzó a mostrar problemas casi desde su inicio. Poco tiempo después de entrar en funcionamiento, el reactor nuclear tuvo que ser apagado temporalmente debido a niveles elevados de radiación en algunas áreas del campamento. Aunque se intentó corregir la situación, otro factor resultó imposible de controlar: el movimiento constante del hielo.
El terreno no era tan sólido como los ingenieros habían calculado. Las estructuras comenzaron a deformarse y los túneles se volvieron inestables. Ante ese panorama, el Ejército estadounidense decidió abandonar Camp Century definitivamente hacia 1967, apenas siete años después de su puesta en marcha.
Décadas más tarde, estudios científicos advirtieron que los restos de la base —incluidos materiales contaminantes— podrían representar un riesgo ambiental si el deshielo avanza más rápido que las nevadas, un escenario cada vez más probable por el cambio climático.
El accidente nuclear que agravó la tensión
El fracaso de Camp Century no fue el único episodio delicado de Estados Unidos en Groenlandia. En 1968, un avión B-52 de la Fuerza Aérea estadounidense se estrelló cerca de la base aérea de Thule, también ubicada en la isla. La aeronave transportaba cuatro bombas de hidrógeno, cada una con una potencia cientos de veces superior a la utilizada en Hiroshima.
El accidente ocurrió tras un incendio a bordo provocado por una falla técnica. Aunque las armas nucleares no detonaron, el impacto dispersó material radiactivo sobre el hielo, lo que obligó a una operación urgente de limpieza y recuperación. Este episodio formaba parte de la Operación Chrome Dome, un programa secreto de patrullaje aéreo permanente con armas nucleares, que también registró incidentes en otros países, como España.
El papel de Dinamarca y un secreto incómodo
Groenlandia pertenece al Reino de Dinamarca, un país que oficialmente mantenía una política de rechazo a las armas nucleares en su territorio. No obstante, el proyecto Iceworm contó con autorización danesa, aunque hasta hoy persisten dudas sobre cuánto conocía realmente Copenhague sobre el verdadero alcance militar de la base.
Los detalles completos de Camp Century no se hicieron públicos sino hasta 1995, cuando documentos oficiales revelaron la magnitud del proyecto y su trasfondo nuclear.
Groenlandia: una isla clave ayer y hoy
La historia de Groenlandia como territorio estratégico no es nueva. Colonizada por Dinamarca en el siglo XVIII tras la llegada del misionero Hans Egede, la isla fue integrada formalmente al reino danés en 1953. Con el paso del tiempo, fue ganando mayor autonomía, hasta lograr en 2008 el control de sus recursos naturales, aunque Dinamarca mantiene competencias en defensa y política exterior.
Hoy, en medio de disputas geopolíticas, el pasado vuelve a pesar. Bajo el hielo de Groenlandia no solo quedan restos de una base abandonada, sino también las huellas de una era marcada por el miedo nuclear, decisiones apresuradas y proyectos que demostraron que ni siquiera el Ártico podía garantizar estabilidad en tiempos de Guerra Fría.


