sábado, 11 julio 2026
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Francisco y el día que sacó a su jefe de seguridad por trato rígido y excesos

Mientras el mundo despedía al papa Francisco, una imagen se repitió en silencio frente a su féretro: cuatro jóvenes soldados inmóviles, vestidos con uniformes que parecen sacados del Renacimiento, custodiaban cada instante del adiós. Eran miembros de la Guardia Suiza Pontificia, uno de los cuerpos militares más antiguos del planeta y, al mismo tiempo, el más pequeño en servicio activo.

Con apenas 135 efectivos, la Guardia Suiza es la responsable directa de la seguridad del Vaticano y de la protección personal del Sumo Pontífice. Aunque para muchos su función parece ceremonial, su rol es estratégico y permanente, incluso en momentos de sede vacante, cuando la custodia pasa a centrarse en el Colegio Cardenalicio.

Su historia se remonta a 1506, cuando el papa Julio II solicitó soldados suizos para su protección personal, confiando en la reputación de disciplina y lealtad que habían demostrado en los conflictos europeos de la época. Desde entonces, el cuerpo no ha dejado de existir, atravesando guerras, invasiones y cambios profundos dentro de la Iglesia.

Uno de los episodios más recordados ocurrió el 6 de mayo de 1527, durante el saqueo de Roma. Ese día, 147 guardias murieron defendiendo al papa Clemente VII, permitiendo su huida hacia el Castel Sant’Angelo. Cada año, en esa misma fecha, los nuevos reclutas juran fidelidad en el Patio de San Dámaso, reafirmando una tradición que lleva más de cinco siglos intacta.

Reglas estrictas y vocación absoluta

Ingresar a la Guardia Suiza no es sencillo. Los aspirantes deben ser ciudadanos suizos, católicos practicantes, tener entre 19 y 30 años, medir al menos 1,74 metros, haber recibido formación militar en Suiza, contar con buena conducta certificada y poseer estudios profesionales. Además, deben postularse solteros y comprometerse a servir por un mínimo de 26 meses.

Aunque después de cinco años pueden casarse con autorización especial, la exigencia personal es alta y la recompensa económica, modesta. El salario ronda los 1.800 francos suizos mensuales, una cifra inferior al promedio profesional en Suiza, lo que confirma que quienes llegan al Vaticano lo hacen más por convicción que por beneficio material.

En los últimos años, incluso, el número de postulantes ha disminuido, debido al bajo desempleo en Suiza y al menor número de jóvenes que cumplen simultáneamente los requisitos religiosos y militares.

El choque con el estilo de Francisco

Cuando Jorge Mario Bergoglio asumió el papado, el contraste con la rigidez histórica del cuerpo no tardó en hacerse visible. Acostumbrado a un trato cercano y pastoral, Francisco rompió con la distancia tradicional: conversaba con los guardias, los saludaba personalmente y, en más de una ocasión, sorprendió al pedirles que descansaran tras largas horas de servicio.

Ese enfoque marcó un punto de inflexión en 2014, cuando el Vaticano anunció la salida anticipada del entonces comandante de la Guardia Suiza, el coronel Daniel Rudolf Anrig, dos meses antes de finalizar su mandato. Aunque el comunicado oficial fue escueto, medios italianos revelaron que el Papa consideraba su estilo excesivamente autoritario para un cuerpo compuesto en su mayoría por jóvenes.

El reemplazo fue Christoph Graf, descrito como una figura más cercana y dialogante. La decisión fue interpretada como un mensaje claro: Francisco no cuestionaba la disciplina, pero sí la rigidez extrema, incluso dentro de una institución con cinco siglos de tradición.

Tradición y humanidad

Las normas de la Guardia Suiza se mantienen prácticamente intactas desde su fundación. Sin embargo, el paso de Francisco dejó huella en la forma de ejercer el mando y en la relación humana con quienes custodian al Papa día y noche.

Son gestos que no cambiaron la historia militar del Vaticano, pero sí su tono. En medio de alabardas, cascos metálicos y protocolos centenarios, Francisco introdujo algo distinto: una mirada pastoral incluso hacia quienes lo protegían.

Una muestra más de un pontificado que, hasta su último día, eligió la cercanía por encima del protocolo.

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