jueves, 25 junio 2026
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Shein y Temu: qué hay detrás de las plataformas que promueven la moda rápida y barata, pero de calidad dudosa

Shein y Temu: el lado B de las plataformas que prometen ropa barata y moderna, pero de calidad impredecible

Lo que empezó como una solución práctica para comprar ropa sin salir de casa, hoy se ha convertido en una especie de “lotería digital”. Plataformas como Shein y Temu, que ganan terreno entre jóvenes y adultos por igual, ofrecen prendas a precios casi imposibles, pero que lo que llega a casa sea igual a la foto es, muchas veces, pura suerte.

El fenómeno, que ya mueve millones en envíos desde Asia hacia América Latina y Europa, no solo tiene consecuencias en la experiencia de compra, sino también en la economía local, el medio ambiente y la forma en que nos relacionamos con la ropa.

Moda rápida en tiempos de clics

Desde su celular o computadora, cualquier persona puede pedir una blusa por ₡4.000 o un conjunto deportivo completo por menos de ₡10.000. La promesa de variedad, tallas inclusivas y entregas en un mes o menos ha seducido a consumidores en todo el mundo, incluida Costa Rica.

Pero detrás del algoritmo que sugiere ofertas “perfectas para vos”, hay un modelo conocido como fast fashion (moda rápida), donde la ropa se produce en grandes cantidades, a gran velocidad y con costos mínimos, generalmente en países con condiciones laborales cuestionables.

“Este tipo de consumo responde a tres factores clave: novedad, precio y acceso. Las redes sociales refuerzan esa lógica, con unboxing virales donde la gente abre docenas de paquetes como si fueran golosinas”, explica Camila Lemos, asesora de imagen y especialista en diseño de indumentaria.

¿Qué llega realmente?

Las reseñas son mixtas. Algunas personas quedan encantadas con la relación calidad-precio, mientras que otras se sienten estafadas.

Ailén, estudiante universitaria en San José, pidió ropa deportiva por Temu: “Dos conjuntos por menos de ₡20.000. Me llegaron en un mes. La calidad no es de boutique, pero para lo que costó, está bien. Ya los lavé un par de veces y se mantienen. Para cosas puntuales, sí volvería a pedir”.

Lucas, diseñador gráfico, fue más crítico: “Compré cinco camisetas básicas en Shein. Dos estaban bien, pero una venía transparente y otra con el cuello mal cosido. Me decepcionó. Como era barato, ni reclamé, pero me quitó las ganas de seguir comprando”.

Mariela, madre de una adolescente, tuvo una experiencia agridulce: “Pedimos un vestido para un 15. Costaba como ₡30.000. No fue un desastre, pero el color era distinto y la tela se sentía barata, como disfraz. Mi hija se lo puso una vez y quedó guardado”.

El impacto más allá del clóset

Según datos de la Aduana argentina, más de 300.000 paquetes mensuales entran al país provenientes, en buena parte, de estas plataformas. Si trasladamos esa cifra al caso costarricense —sin estadísticas oficiales similares—, es fácil suponer que el volumen también va en aumento.

Pero, ¿cuál es el costo oculto? El fast fashion no solo desplaza a la producción nacional —afectando empleos y emprendimientos locales— sino que también deja una enorme huella ambiental.

Un solo pantalón de mezclilla puede requerir hasta 7.500 litros de agua para su producción. Y la industria textil, en 2015, generó más emisiones de CO₂ que el transporte aéreo y marítimo juntos. Además, la vida útil promedio de una prenda bajó un 36% en menos de dos décadas.

“Estamos frente a una cultura donde la ropa pierde valor emocional. Se compra por impulso, se usa una o dos veces y se desecha. Eso genera ansiedad, insatisfacción y, en términos ecológicos, un daño enorme”, subraya Lemos.

¿Hay alternativas? Claro que sí

En Costa Rica han venido ganando terreno las ferias de segunda mano, tiendas vintage, grupos de trueque, marcas sostenibles y emprendimientos de diseño local. Pero competir contra la lógica del precio bajo y la novedad constante no es fácil.

“Es un cambio de chip. Pensar qué queremos expresar con la ropa, qué historias cuenta nuestro clóset. No todo tiene que ser caro para ser valioso, pero sí debería ser más consciente”, agrega Lemos.

Incluso a nivel internacional, algunos países están reaccionando. Francia, por ejemplo, evalúa impuestos verdes para productos de fast fashion y plantea un sistema de “eco-puntuación” para informar sobre el impacto ambiental de las prendas.

Comprar con cabeza

Quienes aún optan por estas plataformas pueden hacerlo de manera más estratégica: revisar reseñas reales, observar fotos de otros usuarios, verificar las telas (¿tiene algodón o es 100% sintético?) y, sobre todo, fijar un presupuesto claro para no caer en compras impulsivas.

Al final, la pregunta no es solo si la ropa es barata. La pregunta de fondo es: ¿cuánto estamos dispuestos a pagar —económica, ambiental y emocionalmente— por vestirnos así de rápido?

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