Pamela Jones tenía apenas 15 años cuando creyó encontrar una salida a los abusos de su padre: casarse. Lo que parecía un escape pronto se transformó en otra prisión. Una semana después de la boda, su esposo le advirtió que buscaría una nueva esposa. Esa frase, lejos de sorprenderla, era parte de la realidad en la que había crecido: una secta mormona fundamentalista donde la poligamia era vista como mandato divino y las mujeres solo tenían el rol de obedecer.
Una infancia marcada por la sumisión
Jones fue criada dentro de la Iglesia fundamentalista del Primogénito del Cumplimiento de los Tiempos, un grupo religioso escindido del mormonismo tradicional. Aunque la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días prohibió la poligamia en 1904, esta facción decidió mantener la práctica como uno de sus pilares.
Buscando escapar de la persecución legal en Estados Unidos, los líderes del culto se instalaron en Los Molinos, México, donde levantaron una comunidad aislada del mundo exterior. Allí, las niñas eran educadas para ser tímidas, calladas y obedientes a los hombres, sin posibilidad de cuestionar el sistema ni de aspirar a un futuro distinto.
Matrimonios tempranos y control absoluto
En ese entorno, casarse siendo adolescente era una norma. La vida de Pamela no fue la excepción. Su boda a los 15 años significó pasar del control paterno al control marital, con reglas estrictas que dejaban poco espacio para la libertad personal. El ciclo de poligamia y sumisión parecía no tener final.
El escape con sus hijos
Tras años de vivir bajo esas condiciones, Pamela encontró el coraje para huir. Cruzó la frontera junto a sus nueve hijos y se instaló en Minneapolis, Estados Unidos. Allí inició una vida completamente diferente: abrió un servicio de limpieza de casas, se volvió a casar y, sobre todo, empezó un proceso de reconstrucción personal que fue tan desafiante como liberador.
De la obediencia al rugido
Hoy, Pamela se reconoce en dos versiones de sí misma: la niña temerosa que fue moldeada para no levantar la voz y la mujer que aprendió a defenderse y a hablar sin miedo. Como ella misma lo expresó en una entrevista:
“La niña mansa y asustadiza, que fue criada en el culto a ser tímida, silenciosa y obediente a los hombres, aprendió no solo a usar su voz, sino también a rugir cuando era necesario”.
Más allá de un testimonio personal
Su historia refleja una realidad que, aunque parezca lejana, sigue presente en muchas comunidades cerradas donde la religión se utiliza como herramienta de control. Casos como el de Jones reabren el debate sobre los derechos de las mujeres en contextos fundamentalistas y la importancia de ofrecer redes de apoyo para quienes buscan salir de dinámicas de abuso.
Pamela no solo logró escapar: transformó el miedo en fortaleza y convirtió la sumisión en resiliencia. Su vida es hoy una prueba de que incluso en los entornos más opresivos es posible encontrar un camino hacia la libertad.


