sábado, 6 junio 2026
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Caso médico alerta sobre los riesgos de tronarse el cuello

Lo que para muchas personas es un movimiento automático para aliviar tensión o dolor de cabeza, para una mujer en Estados Unidos estuvo a punto de costarle la vida. Su historia vuelve a poner sobre la mesa un riesgo poco conocido, pero médicamente documentado: la relación entre ciertos movimientos bruscos del cuello y los accidentes cerebrovasculares.

El caso ocurrió en enero de 2023, pero se conoció meses después, cuando la protagonista decidió contar su experiencia públicamente. KayLynne Felthager regresaba de hacer compras cuando sintió un leve dolor de cabeza. Sin pensarlo demasiado, repitió un gesto que formaba parte de su rutina diaria: estirar el cuello de lado a lado hasta escuchar un crujido.

No utilizó las manos ni aplicó fuerza externa. Simplemente giró la cabeza hacia un lado, como lo había hecho incontables veces antes. En ese instante, sintió alivio. Nada parecía fuera de lo normal.

Sin embargo, minutos después apareció un dolor intenso en el cuello, distinto a cualquier molestia previa. En los días siguientes, el malestar no desapareció y se volvió tan persistente que le dificultaba mover la cabeza con normalidad. Aun así, decidió seguir con su vida cotidiana, convencida de que se trataba de una contractura más.

La situación dio un giro preocupante días después, cuando mientras se preparaba para salir de casa, una luz intensa invadió su campo visual y perdió temporalmente la visión del ojo derecho. El episodio duró alrededor de 15 minutos y, al recuperarse, lo atribuyó nuevamente a un dolor de cabeza fuerte.

Esa misma noche, al salir a caminar con su esposo, comenzaron otros síntomas más alarmantes: hormigueo, entumecimiento en el lado derecho del cuerpo y una sensación de confusión difícil de describir. El momento más crítico llegó cuando intentó hablar y no pudo articular frases coherentes. Las palabras salían desordenadas, sin sentido.

Ante la gravedad del cuadro, fue trasladada de urgencia a un hospital. Allí, tras una serie de exámenes, los médicos confirmaron el diagnóstico: había sufrido una disección arterial en el cuello, una lesión que permitió la formación de un coágulo que llegó al cerebro y provocó un accidente cerebrovascular.

Según los especialistas, el coágulo se disolvió de manera espontánea antes de que fuera necesaria una intervención invasiva, lo que evitó consecuencias permanentes. Aun así, la paciente fue trasladada a un centro médico con mayor capacidad y permaneció bajo estricta observación durante meses.

Los médicos le explicaron que este tipo de lesiones, aunque poco frecuentes, pueden estar asociadas a movimientos bruscos del cuello, incluyendo ciertos ajustes quiroprácticos o el hábito de “tronarse” el cuello de forma repetitiva. En su caso, el gesto aparentemente inofensivo fue suficiente para dañar una arteria cervical.

Tras múltiples tomografías de control, los especialistas confirmaron su recuperación total. La recomendación fue clara y directa: abandonar definitivamente ese hábito. Una sugerencia que, según ella misma relató, no dudó en aceptar.

Más allá de la recuperación física, la experiencia dejó una huella emocional. Felthager reconoce que ahora presta mucha más atención a las señales de su cuerpo y que cualquier cambio leve, especialmente en la visión, le genera ansiedad relacionada con la salud.

Su testimonio funciona hoy como una advertencia. Aunque la gran mayoría de las personas que se estiran el cuello no sufrirán un evento de este tipo, los médicos recuerdan que el dolor persistente, la pérdida de visión, el hormigueo o las dificultades para hablar nunca deben normalizarse ni ignorarse.

En tiempos donde el estrés y las tensiones musculares son parte del día a día, el caso deja una lección clara: incluso los gestos más comunes pueden tener riesgos inesperados, y escuchar al cuerpo a tiempo puede marcar la diferencia entre una anécdota y una emergencia vital.

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