viernes, 5 junio 2026
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Exmiss Costa Rica vuelve al quirófano por tercera vez y lanza una seria advertencia que preocupa

Tercera cirugía y una dura lección: el mensaje que lanza una exfigura de A Todo Dar.

Desde una clínica en Bogotá, lejos de su país y de su hija, la presentadora costarricense Paola Calderón Hütt atraviesa uno de los capítulos más delicados de su historia personal. A sus 40 años, la ex Miss Costa Rica se somete a una tercera cirugía reconstructiva para extraer biopolímeros inyectados en sus glúteos hace más de una década, una decisión estética que hoy define gran parte de su vida cotidiana.

A diferencia de otras ocasiones, esta intervención la ha encontrado con una actitud distinta: más informada, más alerta y con la firme intención de hablar sin filtros sobre los riesgos de este tipo de sustancias. Aunque reconoce avances en su recuperación, también admite que el proceso sigue siendo física y emocionalmente exigente.

Recuperarse lejos de casa

Calderón permanece desde hace dos semanas en Colombia, donde deberá quedarse al menos un mes más bajo estricta supervisión médica. La distancia pesa, sobre todo porque su hija tuvo que quedarse en Guatemala por el inicio del curso lectivo, mientras ella enfrenta la recuperación acompañada únicamente por su esposo.

En esta ocasión, el postoperatorio ha sido menos agresivo que en cirugías previas. Caminar se ha convertido en parte esencial de su tratamiento: intenta completar hasta diez mil pasos diarios para favorecer el drenaje y acelerar la cicatrización. Aun así, la incomodidad es constante. Drenajes, limitaciones de movimiento y dependencia total para tareas básicas forman parte de su nueva rutina.

“No es dolor como tal, es vivir limitada”, ha explicado. Desde vestirse hasta sentarse o ir al baño requiere cuidados extremos para evitar infecciones, una realidad que pocas veces se menciona cuando se habla de procedimientos estéticos.

Un tratamiento más riguroso

Esta tercera operación se realizó con un cirujano distinto y bajo un enfoque más conservador. El procedimiento, cuyo costo ronda los 10 mil dólares, incluye tecnología que no tuvo en cirugías anteriores: sistemas de presión negativa para cerrar la herida, bombas de analgesia directa, masajes linfáticos y ultrasonido terapéutico.

La diferencia, asegura, ha sido notable. También aprendió —por experiencia propia— que retirar drenajes antes de tiempo puede provocar complicaciones como seromas, una situación que ya vivió en su primera intervención.

No es la primera vez que Calderón pasa por el quirófano. La primera cirugía fue en Guatemala en 2020; la segunda, en Bogotá en 2021; y ahora regresa a la capital colombiana, donde reconoce que son pocos los especialistas con verdadera experiencia en extracción de biopolímeros.

Una lucha de largo plazo

Más allá del proceso quirúrgico, Paola tiene claro que este es un padecimiento crónico. Los biopolímeros no se eliminan por completo y pueden desplazarse con el tiempo a otras partes del cuerpo, generando riesgos impredecibles incluso años después de haber sido inyectados.

Por eso insiste en extremar cuidados de por vida, incluso con actividades físicas. Movimientos de alto impacto pueden facilitar que la sustancia encapsulada se desplace, generando nuevas complicaciones en piernas, genitales o incluso órganos vitales.

Las primeras señales de alerta aparecieron 13 años después del procedimiento original, realizado en Costa Rica en una clínica que, en su momento, aparentaba cumplir con todos los requisitos médicos. Esa distancia temporal es, según ella, uno de los mayores peligros: muchas personas creen que si no hay efectos inmediatos, el riesgo desaparece.

Hacer público el error

Hoy, Calderón decidió contar su historia sin reservas. Reconoce que al inicio hubo vergüenza y miedo al juicio social, pero optó por exponer su caso como un acto de responsabilidad. Sabe que muchas personas, especialmente mujeres, se han sometido a procedimientos similares sin conocer realmente qué les inyectaron.

Su mensaje es claro: en los glúteos, la única sustancia segura es la grasa propia. Todo lo demás implica un riesgo que puede manifestarse años después, cuando ya nadie se hace responsable.

Para enfrentar esta tercera cirugía, Paola tuvo que solicitar un mes sin goce salarial y reorganizar por completo la dinámica familiar. Incluso, por su recuperación, no podrá ejercer el voto en las elecciones, una decisión que le pesa, pero que hoy pasa a segundo plano frente a su salud.

Mientras continúa su proceso en Bogotá, su testimonio sigue resonando como una advertencia directa sobre los costos ocultos de decisiones estéticas mal informadas, una realidad que aún afecta a muchas personas en silencio.

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