En el mundo del fútbol abundan las historias de milagros deportivos, pero pocas tan insólitas como la que hoy rodea a la selección de San Marino, una diminuta nación enclavada dentro de Italia con apenas 34 mil habitantes. Contra toda lógica, este equipo —considerado el peor del planeta según el ranking FIFA— podría acercarse por primera vez a un Mundial, si pierde su próximo partido por goleada.
El escenario, aunque parezca digno de una comedia futbolera, es completamente real. Las reglas del nuevo sistema clasificatorio europeo rumbo al Mundial 2026 han generado un efecto colateral inesperado que le abre una diminuta ventana de esperanza a un equipo acostumbrado a las derrotas.
Una historia de resistencia en lugar de triunfos
San Marino ocupa el último lugar del escalafón mundial, el puesto 210. Desde que disputó su primer encuentro oficial en 1990, solo ha ganado tres veces, y todas esas victorias fueron ante el mismo rival: Liechtenstein. En cualquier otra parte, ese registro sería motivo de frustración. En San Marino, sin embargo, cada gol, cada empate y cada noche de derrota digna se celebran como gestas heroicas.
Pero este año, por primera vez en más de tres décadas, el pequeño país puede decir que algo cambió. En la más reciente edición de la UEFA Nations League, el equipo logró su mejor rendimiento histórico: dos victorias y un empate, resultados que le permitieron ganar su grupo en la Liga D, el nivel más bajo del fútbol europeo.
Ese logro, casi simbólico para las potencias del continente, tiene un valor enorme para los sanmarinenses. Gracias a esa primera posición, su selección entró automáticamente en la lista de países elegibles para disputar una eventual repesca mundialista, siempre y cuando se cumplan ciertas condiciones.
La matemática imposible
Ahí es donde el destino juega con ironía. San Marino comparte el grupo H de las eliminatorias europeas con Austria, Bosnia y Herzegovina, Rumania y Chipre. Como suele ocurrir, el conjunto dirigido por Roberto Cevoli marcha último: sin puntos, con siete derrotas, un solo gol a favor y 32 en contra.
Sin embargo, una curiosa combinación de resultados podría ponerlos a un paso del Mundial. Si Rumania derrota a Bosnia en el partido clave del 15 de noviembre, ambos equipos empatarían en puntos. Luego, en la última jornada, los rumanos enfrentarían a San Marino. Si ganan ese partido y se aseguran el segundo puesto, su cupo de repesca por la Nations League quedaría vacante… y San Marino heredaría su lugar.
En otras palabras, la selección más débil del planeta necesita perder por un amplio margen para mantener viva su posibilidad de ir al Mundial. Una paradoja que ningún guionista habría imaginado.
Lo que significa para el fútbol chico
En caso de concretarse este escenario, San Marino estaría a solo dos partidos del Mundial de 2026, un logro impensable para una federación que apenas cuenta con jugadores semiprofesionales y entrenamientos limitados. Los play-offs europeos se disputarán en formato corto, con 16 selecciones que competirán a partido único por los últimos cuatro cupos disponibles para Europa.
Aunque el sueño es remoto, su sola existencia representa un triunfo para los países pequeños que intentan sobrevivir en el ecosistema del fútbol moderno, dominado por potencias multimillonarias. Es también una muestra de cómo los nuevos formatos de clasificación pueden alterar las dinámicas tradicionales y dar oxígeno a selecciones que normalmente no tendrían posibilidad alguna.
Más allá del marcador
Para los sanmarinenses, el valor de esta historia no está en la probabilidad de ganar, sino en la de seguir soñando. En un país donde el fútbol es más una expresión de identidad que una búsqueda de gloria, cada derrota es parte del relato colectivo.
Y si esta vez perder puede acercarlos a un Mundial, quizás no se trate de una derrota en absoluto.


