En las montañas de Aserrí, el sacerdote Alejandro Sandí no solo pastorea almas, sino que cuida una «Casa Común» muy particular. Lo que comenzó como un rescate fortuito en 2003 se transformó en C.A.S.A. (Casa, Alimento, Salud y Ambiente Seguro), un refugio que hoy alberga a 62 perritos, la mayoría de avanzada edad, que encontraron en este cura su última oportunidad de dignidad.
La vocación del padre Sandí por los animales no es una moda, sino una herencia. Criado entre la naturaleza de Aserrí, el sacerdote relató al medio católico ACI Prensa que creció rodeado de especies de granja: “Lo heredado no es robado”, afirmó al recordar una infancia marcada por el respeto a la creación. Sin embargo, fue tras su ordenación y su paso por la Parroquia Inmaculada Concepción de María, en La Unión, cuando el abandono animal golpeó su puerta.
Al principio, el sacerdote intentó un sistema de adopciones tradicional, pero la realidad fue cruel: muchos perros regresaban a la calle poco tiempo después. Ante el fracaso de los nuevos hogares, Sandí tomó una decisión radical. Cuando la población de rescatados llegó a los 40, se vio en la encrucijada de no saber dónde llevarlos en su próximo traslado parroquial. “Dios santo, ¿qué hago con esos perros?”, se preguntaba en aquel entonces.
La respuesta fue el sacrificio personal. El cura regresó a su pueblo natal, solicitó un préstamo bancario y vendió su propio vehículo para adquirir un terreno de tres mil metros cuadrados. Allí levantó, bloque a bloque, un santuario que llegó a dar techo a 120 animales simultáneamente.
A pesar de su entrega, el padre Sandí mantiene una postura equilibrada y alejada de las tendencias modernas. Para él, los perros “no son hijos ni son familia”, pero sí constituyen una parte esencial de la creación que el ser humano tiene el deber de administrar con responsabilidad. Su filosofía busca cuidar el entorno “sin caer en extremismos, sin ideologías ni en prácticas absurdas que hoy se presentan en torno a los animales”, según explicó al medio citado.
Hoy, con 62 perros bajo su cuidado directo y apoyando la alimentación de otros 100 en proyectos vecinos, el sacerdote ha decidido cerrar las puertas a nuevos ingresos por una cuestión de responsabilidad ante su propia vejez. Su motor sigue siendo la satisfacción de ver el cambio en aquellos que nadie quería. “No es mucho lo que uno hace, pero le cambié la vida a un perro. Cuando los veo durmiendo bajo un techo, caminando libres y sin maltrato, sé que todo ha valido la pena”, concluyó.



