En medio de una campaña marcada por la confrontación y los golpes bajos, el cuarto debate presidencial del Tribunal Supremo de Elecciones (TSE) del pasado lunes dejó una escena inesperada que rompió el guion político tradicional. No fue un ataque ni un cruce de acusaciones lo que captó la atención, sino un gesto sencillo que habló de respeto y civilidad.
Antes de iniciar el intercambio de ideas, el candidato presidencial del Partido Unidad Social Cristiana (PUSC), Juan Carlos Hidalgo, se acercó para acomodarle la corbata a Douglas Caamaño, aspirante del partido Alianza Costa Rica Primero. La acción ocurrió a plena vista del público y de los demás participantes del debate: Ariel Robles, del Frente Amplio, Luis Amador, del Partido Integración Nacional y Álvaro Ramos de Liberación Nacional.
El gesto, breve pero elocuente, contrastó con el tono beligerante que suele dominar otros escenarios políticos, donde algunos actores llegan más dispuestos a provocar o “jugar de vivos” que a exponer propuestas. Esta vez, la imagen fue distinta: candidatos que, pese a sus diferencias ideológicas, compartieron el espacio con respeto.
Más allá de la anécdota, la escena reflejó el clima general del debate, en el que los aspirantes lograron confrontar ideas sin caer en descalificaciones personales, apostando por una discusión de fondo sobre los problemas del país.
En tiempos donde la política suele confundirse con espectáculo y pelea, el debate dejó una señal clara: también es posible debatir con altura, respeto y humanidad, incluso en medio de una contienda electoral.


