Lo que debía ser un momento de descanso terminó convirtiéndose en una pesadilla para Poppy Burns, una estudiante británica que, con apenas diez años, comenzó a sufrir un dolor tan intenso que la dejó sin poder caminar. Todo empezó tras salir de un jacuzzi, cuando notó un ardor anormal en su pie. En cuestión de minutos, el dolor se volvió insoportable.
Su madre, Georgina Burns, la llevó de inmediato al hospital. Sin embargo, lejos de encontrar respuestas, se toparon con incredulidad médica. La niña gritaba de dolor mientras le aseguraban que “no tenía nada”, según relató la madre al medio británico The Sun.
Dos años de estudios para descubrir un diagnóstico devastador
Al inicio, lo único claro era que Poppy tenía una infección en la piel del pie provocada tras su paso por el jacuzzi. Pero el dolor que experimentaba no coincidía con lo que cualquier lesión superficial podría causar. Era demasiado intenso, desbordante e inexplicable.
Tras múltiples estudios, visitas a especialistas y meses de incertidumbre, llegó una respuesta que cambiaría para siempre la vida de la familia: síndrome de dolor regional complejo (SDRC). Esta condición, considerada una de las más dolorosas del mundo, vuelve extremadamente sensible una zona del cuerpo, al punto de generar agonía incluso con un leve roce.
Poppy dejó de apoyar el pie en el suelo porque cualquier contacto era insoportable. Con el avance de la enfermedad, terminó dependiendo de una silla de ruedas para evitar el mínimo contacto que pudiera desencadenar un episodio de dolor extremo.
Buscando esperanza fuera de su país
En septiembre de 2023, madre e hija viajaron desde Reino Unido hasta Italia para probar una terapia que no estaba disponible en su país. El cambio fue inmediato. Durante dos semanas, Poppy experimentó un alivio total; su piel volvió a verse normal y la niña recuperó la alegría.
Pero el progreso duró poco. Apenas una semana después de regresar a casa, el dolor volvió, aunque con menor intensidad en la piel. La frustración fue enorme para ambas. Su madre describe la situación con crudeza: “Lo peor es verla llorar pidiendo ayuda y saber que no hay nada más que pueda hacer”.
Una vida marcada por el diagnóstico y una madre decidida a luchar
Hoy, Poppy asiste a la escuela solo en ocasiones y forma parte de los aproximadamente 16.000 británicos que conviven con esta enfermedad. Su rutina está condicionada por una condición que, por ahora, no tiene cura.
Georgina, lejos de rendirse, se propuso dar visibilidad al SDRC para impulsar investigaciones y buscar mejores opciones de tratamiento. Insiste en que la difusión es vital para que más familias entiendan que, aunque es poco conocida, esta enfermedad existe, es real y puede transformar vidas enteras.


