Charlotte, Carolina del Norte, sigue conmocionada tras el brutal asesinato de Iryna Zarutska, una refugiada ucraniana de 23 años, ocurrido el pasado 22 de agosto en un tren de la ciudad. La joven fue apuñalada por Decarlos Brown Jr., de 32 años, un hombre con historial de problemas de salud mental, que según su familia, actuó bajo delirios paranoides.
Una mente marcada por la esquizofrenia paranoide
Según relató su hermana Tracey Brown a medios estadounidenses, Decarlos sufría de esquizofrenia paranoide y había mostrado un deterioro progresivo de su salud mental. Desde creencias sobre microchips implantados por el gobierno hasta la percepción de que la víctima podía leerle la mente, sus delirios se habían intensificado en los últimos años.
“Cuando vi el video, supe que había llegado a un punto de quiebre. No lo justifico, pero él no era así”, contó Tracey. En un diálogo telefónico desde la cárcel, Brown aseguró que no conocía a Zarutska y que los “materiales” en su cerebro lo obligaban a actuar. Incluso se refirió a sí mismo en tercera persona, diciendo que su furia fue dirigida por esas fuerzas externas.
Intentos fallidos de ayuda
La familia sostiene que intentó internarlo en un centro psiquiátrico, pero no contaban con la tutela legal necesaria. Tras cumplir cinco años en prisión por robo a mano armada, su salud mental empeoró: se volvió agresivo, incapaz de mantener un empleo y aislado socialmente. En enero de este año, fue arrestado tras llamar al 911 alegando la presencia de un microchip en su cerebro, pero un juez le otorgó libertad bajo palabra.
“Él pedía ayuda, pero nadie lo escuchó. No justifico lo que hizo, pero estaba enfermo”, insistió su hermana. La familia teme además represalias por ser parientes del agresor y clama porque no se le imponga la pena de muerte, argumentando que su hermano necesitaba atención médica especializada más que castigo.
La víctima: sueños truncados y una vida arrancada
Iryna Zarutska había llegado a Estados Unidos en 2022, huyendo de la guerra en Ucrania con su madre y hermanos. Graduada en arte y restauración en Kiev, soñaba con trabajar como asistente veterinaria y construir una vida independiente en Charlotte. Trabajaba en una pizzería y estudiaba para manejar, mientras compartía su entusiasmo por la ciudad y los animales en redes sociales.
El día del ataque, Iryna regresaba a casa tras su turno laboral. Las cámaras del tren muestran el momento en que Brown la apuñaló y luego caminó por el vagón con el arma en la mano, mientras otros pasajeros escapaban aterrorizados.
Un debate sobre salud mental y prevención
El crimen ha desatado indignación y debates sobre la atención a la salud mental en Estados Unidos. Expertos señalan que, si bien la acción de Brown es criminal, evidencia el riesgo de abandono terapéutico en personas con trastornos graves y cómo la falta de intervención oportuna puede derivar en tragedias.
Mientras la comunidad llora la pérdida de Zarutska, la familia de Brown enfatiza la necesidad de reflexionar sobre la prevención: “Antes de condenarlo, deberían investigar cómo luchó durante tres años para recibir tratamiento. Nadie lo ayudó, ni la familia ni el Estado”, concluyó Tracey Brown.
Este caso expone la intersección crítica entre enfermedad mental, violencia y sistema judicial, dejando una lección dolorosa sobre la importancia de detectar y tratar a tiempo a quienes están en riesgo, antes de que una vida más sea truncada por circunstancias evitables.


