miércoles, 3 junio 2026
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El agua de lluvia ya no se puede beber ni en la Antártida: encuentran niveles de PFAS que indican que no es segura

La lluvia dejó de ser pura: la ciencia confirma que está contaminada en todo el planeta

Durante generaciones, la humanidad confió en que la lluvia era sinónimo de pureza. Pero esa certeza quedó atrás. Investigaciones recientes revelan que el agua que cae del cielo, incluso en regiones tan remotas como la Antártida, contiene niveles peligrosos de sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas (PFAS), conocidos como “químicos eternos” por su capacidad de permanecer intactos durante siglos.

¿Qué son y por qué preocupan?

Los PFAS son compuestos creados por el ser humano, valorados por su resistencia al agua, al aceite y al calor. Desde hace décadas están presentes en productos tan comunes como sartenes antiadherentes, ropa impermeable, envases de comida rápida, maquillaje y espumas para apagar incendios.

El problema es que estos químicos prácticamente no se degradan. Se acumulan en el ambiente y en el cuerpo humano, donde se han vinculado con enfermedades como cáncer, daños en el hígado, alteraciones hormonales y problemas en el sistema inmunológico.

Un hallazgo que no respeta fronteras

El estudio, publicado en Environmental Science & Technology, midió cuatro tipos de PFAS en lluvia, aguas superficiales y suelos de diversas regiones del mundo. En todos los casos, las concentraciones superaban los límites de seguridad establecidos por la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA).

Para Ian Cousins, investigador de la Universidad de Estocolmo y autor principal del trabajo, la conclusión es clara: “Hoy, el agua de lluvia en cualquier parte del planeta no es segura para beber, según las guías más recientes sobre el ácido perfluorooctanoico (PFOA)”.

Aunque en países desarrollados es raro consumir lluvia directamente, en muchas comunidades rurales y empobrecidas sigue siendo una fuente vital de agua potable. En Costa Rica, por ejemplo, zonas agrícolas o de difícil acceso en Guanacaste, Puntarenas o Limón podrían estar expuestas si dependen de la recolección pluvial.

El ciclo tóxico que no se detiene

La contaminación por PFAS es particularmente difícil de frenar porque la naturaleza los recicla constantemente: el viento los levanta del suelo, las lluvias los arrastran, los ríos los transportan y vuelven a la atmósfera en un ciclo casi imposible de romper.

Martin Scheringer, coautor del estudio y profesor en ETH Zurich, advierte que “aunque algunas variantes ya no se fabrican, sus concentraciones siguen superando los límites recomendados décadas después de su prohibición”.

Un límite planetario sobrepasado

Los investigadores coinciden en que hemos cruzado un punto crítico: las concentraciones de PFAS ya exceden el “límite planetario” seguro. Eso significa que, incluso con regulaciones estrictas, la contaminación global es tan extensa que las medidas locales resultan insuficientes.

La ciencia trabaja en técnicas para destruir estos compuestos en laboratorio, pero pasar de pruebas controladas a soluciones a gran escala será un reto monumental.

De recurso vital a recordatorio incómodo

La lluvia, que alguna vez fue símbolo de vida, se ha convertido en una prueba tangible de la huella química humana. La pregunta que queda sobre la mesa es tan ambiental como ética: ¿tenemos la voluntad y la capacidad de revertir el legado tóxico que hemos dejado caer sobre el planeta?

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