lunes, 6 julio 2026
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De ganar miles de dólares como programador a repartir comida para sobrevivir: ingeniero de software perdió su trabajo por la IA

Hasta hace poco, Shawn K era el típico ejemplo del sueño americano tecnológico: un ingeniero de software con más de 20 años de experiencia, ingresos anuales de 150 mil dólares y un puesto estable en una empresa del metaverso. Hoy, su realidad es otra. Vive en una casa rodante, reparte comida en DoorDash —una app similar a Rappi o Uber Eats— y vende pertenencias en línea para sobrevivir. ¿El motivo? La inteligencia artificial lo dejó fuera del juego.

A sus 42 años, este desarrollador radicado en el estado de Nueva York no solo enfrenta una crisis económica, sino también un duro golpe emocional. A pesar de haber enviado más de 800 solicitudes de empleo, solo consiguió menos de diez entrevistas. En varias ocasiones, ni siquiera fue entrevistado por una persona real, sino por sistemas automatizados que lo descartaron antes de llegar a manos humanas.

“Me siento invisible”, confesó en su boletín personal. Para él, su caso no es una excepción, sino una advertencia: una ola de cambios drásticos está golpeando al mercado laboral, y pocos están preparados para lo que viene.

Una transformación que ya se siente

Durante años se pensó que los trabajos en riesgo por la automatización serían los más repetitivos o de baja calificación. Sin embargo, el testimonio de Shawn evidencia un giro inquietante: incluso los puestos técnicos, tradicionalmente vistos como seguros y bien remunerados, ya no están a salvo.

El propio Dario Amodei, CEO de Anthropic, adelantó que para el próximo año, las inteligencias artificiales podrían encargarse completamente de tareas de programación. Lo que antes parecía una profecía lejana, ahora le cobra factura a miles de profesionales como K, que se ven desplazados por máquinas cada vez más “eficientes”.

La situación se agrava aún más cuando los procesos de contratación también están mediados por algoritmos. Según el ingeniero, hoy en día ni siquiera se tiene oportunidad de hablar con un reclutador humano: los filtros automatizados toman las decisiones y sellan el destino laboral de miles de personas sin margen para la negociación o el contexto.

¿Una crisis silenciosa?

Organismos internacionales como la OIT y el Banco Mundial han encendido las alarmas. En América Latina y el Caribe, entre el 26% y el 38% de los empleos podrían verse afectados por la inteligencia artificial generativa. Aunque solo entre un 2% y 5% serían totalmente automatizables, las consecuencias no son menores: el riesgo se concentra especialmente en personas jóvenes, mujeres, profesionales urbanos y trabajadores con alto nivel educativo.

La CEPAL, por su parte, subraya que la IA no solo cambia las tareas que realizamos, sino también las habilidades que se requieren y las condiciones de empleo. Insiste en que es urgente un marco ético que regule su implementación, para asegurar que las tecnologías complementen y no sustituyan al talento humano.

Además, la UNESCO ha puesto el foco sobre los sesgos que arrastran estos sistemas. Según sus estudios, las IA tienden a replicar estereotipos de género, asociando a las mujeres con labores domésticas y a los hombres con puestos de liderazgo. Este sesgo, si no se corrige, podría profundizar aún más la brecha en el acceso a empleos de calidad en el futuro digital.

¿Y ahora qué?

Desde su rincón en Substack, Shawn K levanta la voz y lanza una advertencia que resuena cada vez más fuerte: “Esto le va a pasar básicamente a todos”. Para él, el avance de la inteligencia artificial no es solo una tendencia tecnológica, sino el inicio de una profunda reconfiguración social y económica.

Mientras sigue recorriendo caminos rurales entregando pedidos y tratando de estirar cada centavo, este ingeniero convertido en repartidor lanza un llamado urgente: pensar en nuevas formas de adaptación, crear redes de apoyo y exigir un debate ético global sobre el impacto de estas herramientas. Porque el futuro del trabajo no es un asunto de mañana: ya llegó, y para muchos, ya empezó a doler.

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